4.- "Nadie puede venir a mi si el Padre que me envió no le trajere" ¿CÓMO SE HA DE PREDICAR EL EVANGELIO HOY COMO AYER?

Publicado: febrero 24, 2010 en Uncategorized

II – ¿CÓMO SE HA DE PREDICAR EL EVANGELIO HOY COMO AYER?

1. ¿Qué Evangelio?

“¿Reencontrar el Evangelio significa convertirse en calvinista?” La palabra importa poco. Lo que importa, en cambio, es el Evangelio histórico que el calvinismo ha presentado. Elegir otra forma de expresarse conduce a torcer y a no entender el Evangelio bíblico.

Hemos señalado al empezar, que el Evangelio que se predica en muchas Iglesia y Comunidades, incluidas las “evangélicas”, se aparta de la predicación de antaño y tuerce el mensaje bíblico. Ahora es posible discernir lo que no va bien. En efecto, nuestros valores teológicos han sido devaluados: nos hemos puesto a pensar que la redención obtenida en la cruz no es de hecho una redención, que Cristo no es de hecho un Salvador, que el amor de Dios es insuficiente a menos que sea ayudado para salvar a alguien del infierno y que la fe constituye la ayuda humana de la que Dios tiene necesidad para llevar a cabo su plan de salvación.

Esta lamentable evolución tiene como resultado el impedir creer y predicar el Evangelio bíblico.

Ya no se puede creer más en el Evangelio bíblico porque los espíritus han caído en las redes del sinergismo. Se está obsesionado por la idea arminiana de que la fe y la incredulidad son actitudes que emanan de la responsabilidad de cada uno; son actitudes independientes. Se hace así imposible de creer en la salvación total por la pura gracia de Dios, por medio de la fe que es un don de Dios que fluye del Calvario. En su lugar aceptamos una especie de enredo de sistema doble relativo a la salvación, considerando, en ciertos momentos, que esta depende solo de Dios, y en otros que depende de nosotros. Esta posición confusa priva a Dios de una buena parte de la gloria que le es debida por haber efectuado nuestra salvación de principio a fin; también nos priva del bienestar que se experimenta al saber que Dios es por nosotros.

Así, al predicar el Evangelio, este concepto erróneo de la salvación hace decir lo contrario de lo que quisiera. Se desea proclamar (correctamente) que Cristo es Salvador y se acaba por decir que, habiendo Cristo entregado toda la salvación posible, los hombres pueden llegar a ser sus propios salvadores.

La deducción siguiente llega enseguida. Para exaltar la gracia salvadora de Dios y el poder salvador de Cristo, se viene a decir que el amor redentor de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo murió para salvar a cada uno de ellos, pensando que esto muestra una justa medida de la gloria que va unida a la misericordia divina. Y a fin de evitar el universalismo, se hace necesario infravalorar aquello que antes se ha exaltado y explicar que de hecho lo que ha sido realizado por Dios y por Cristo, en orden a la salvación, debe ser completado por el hombre; así el elemento decisivo que asegura verdaderamente nuestra salvación es nuestra propia fe.

En otros términos, Cristo nos salva con nuestra ayuda; lo que viene a significar que nosotros nos salvamos con la ayuda de Cristo. He ahí una profunda desilusión. Cuando se comienza afirmando que el amor salvador de Dios se extiende a todos los hombres y que Cristo ha muerto por todos, mientras se rechaza el universalismo, se impone esta conclusión. Seamos lúcidos a propósito de la evolución habida después de más de un siglo. La gracia y la cruz no han sido exaltadas; han sido devaluadas. La expiación se encuentra más reducida que en el calvinismo, el cual afirma que la muerte de Cristo salva a aquellos que debe salvar: esta muerte no sería ni siquiera suficiente para ello.

Los pecadores impenitentes están ilusionados por la esperanza de que en su propio poder pueden arrepentirse y creen que Dios no puede atraerlos hacia si.

Es dar poca importancia al arrepentimiento y a la fe (en vez de) hacerlas plausibles (“es muy sencillo: abre tu corazón al Señor…”).

Ciertamente, la soberanía de Dios es negada y la base de la verdadera religión socavada, a saber: que el hombre está siempre en la mano de Dios. En verdad el déficit es enorme. Es ocioso preguntarse por qué una tal predicación suscita tan poco respeto y humildad, y por qué los inconversos están tan satisfechos consigo mismos, inconscientes de su propio estado y deficientes en buenas obras que la Escritura considera como frutos de arrepentimiento.

2. La predicación del Evangelio bíblico.

Los reformadores nos han liberado de este tipo de predicación y de fe, y nos enseñan cómo creer al Evangelio escritural y cómo predicarlo.

Desde el principio están de acuerdo en inclinarse ante el Salvador Soberano que salva realmente y en alabarle por su muerte redentora que asegura a aquellos por quienes tuvo lugar su gloriosa resurrección. No se ha llegado a percibir suficientemente, como lo hizo el Sínodo de Dordrecht, la importancia y el sentido de la cruz, su lugar en el corazón del Evangelio junto a, por un lado la total incapacidad del hombre y la elección incondicional, y por el otro la gracia irresistible y la perseverancia asegurada. El significado pleno de la cruz aparece si la expiación se expone desde la perspectiva de estas cuatro verdades: Cristo murió para salvar a un pueblo de pecadores miserables a quienes Dios otorga su amor salvífico y gratuito. El llamamiento y la perseverancia, desde ahora y hasta el retorno de Cristo, son aseguradas a todos aquellos por quienes Cristo llevó los pecados en la cruz. Tal ha sido, y sigue siendo, el significado del Calvario: la cruz ha salvado, la cruz sigue salvando. Tal es el meollo de la verdadera fe bíblica predicada en otros tiempos conforme a toda la enseñanza del Nuevo Testamento completo.

Tal afirmación puede parecer paradójica a aquellos que se imaginan que si no se predica que Cristo ha muerto por cada hombre, no se predica el Evangelio.

¡Es todo lo contrario! ¿Qué significa predicar el Evangelio de la gracia de Dios? Con toda seguridad eso no significa afirmar a la asamblea dominical que Dios ama a cada uno de sus miembros (de la asamblea) y que Cristo ha muerto por cada uno de ellos, pues, según la Biblia, eso implicaría que todos serán salvos, lo que es imposible de decir.

La seguridad de salvación, que no es anterior a la fe que salva, permite saber que se es objeto del amor de Dios gracias a la muerte redentora de Cristo. Este conocimiento viene de aquello que se ha creído, pero no es la razón de nuestra fe.

Según la Escritura, predicar el Evangelio consiste en exponer, como verdad proveniente de Dios para ser recibida y puesta en práctica, las cuatro afirmaciones siguientes:

1. Todos los hombres son pecadores e incapaces de salvarse a si mismos.

2. Jesucristo, el Hijo de Dios, es un Salvador perfecto, aún para los peores pecadores.

3. El Padre y el Hijo han prometido que todos aquellos que se reconocen pecadores y ponen su fe en Cristo como Salvador serán acogidos y no rechazados; esta promesa es cierta y está fundada en el sacrificio eficaz y suficiente de Cristo sea cual sea el número (grande o pequeño) de beneficiarios.

4. Dios ha hecho de la fe y del arrepentimiento un deber que requiere de aquellos que oyen el Evangelio una actitud de humildad y de dependencia frente a Cristo quien, según las promesas del Evangelio, es un Salvador en el pleno sentido del término, capaz de librar y de salvar a todos aquellos que vienen a Dios mediante él. Cristo esta dispuesto, deseoso y es capaz, por su sangre preciosa y a causa del rescate suficiente que él ha pagado, de salvar a toda alma que viene a él libremente con tal propósito.

En otros términos, la tarea del predicador es exponer quien es Cristo explicando que él responde a la necesidad del hombre, que él salva verdaderamente, que él mismo se ofrece para ser el Salvador de todos aquellos que en verdad se vuelven hacia él. Y no le corresponde al predicador decir, ni a sus oyentes preguntarse, por quienes murió Jesús.

No hay nadie que, interpelado por el Evangelio, no busque algún día, discernir el proyecto y la intención de Dios con respecto a el, a saber, ser beneficiario de la muerte de Cristo, estando plenamente seguro de que esta muerte es provechosa a todos aquellos que creen en él y le obedecen.

Esa fe así establecida, y nunca antes, le da al creyente la seguridad de su salvación; ve los frutos de esta muerte en el y en lo que le sucede; reconoce la benevolencia y el amor eterno de Dios de que es objeto, puesto que el Hijo vino a morir en su lugar. El Evangelio le llama y pone en práctica su fe según lo establecido por Dios, y fundado en Sus promesas.

He aquí ahora algunas observaciones: (…) Para la próxima entrega!

Atte Fares Palacios

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